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Revista D-Mag

Julio 2013

Por Luciana Olmedo-Wehitt


YO, TÚ, ÉL, NOSOTROS, VOSOTROS, ELLOS




Teorizar sobre lo contemporáneo no es tarea sencilla. Nuestro aquí y ahora, cada vez más inmediato y espectacularizado, pocas veces comulga con la introspección. Hoy ya es mañana y el presente, un vacío que solemos habitar para reflexionar sobre lo dicho y hecho en un pasado que parece remoto, o sobre lo que vendrá en un futuro simple. Estado de Spam, la última muestra de Diego Bianchi, fue una excepción.

Estado de Spam no sólo estimuló un debate dentro del arcano mundo del arte sino que ensanchó sus fronteras hasta hacerlas estallar en múltiples hipervínculos. Bianchi trasladó dos de las performances que integraban la muestra presentada en la Galería Alberto Sendrós hasta el predio de la última edición de arteBA. El programa TVR, bajo la rúbrica “DiscriminARTE”, emitió una entrevista express en la que el artista procuraba explicar su obra como la representación de todo aquello que, aunque cerca, no queremos ver porque nos genera molestia. Sus palabras fueron acompañadas por algunas imágenes que componían la obra: un vendedor ambulante de nacionalidad nigeriana y un prisma de madera de unos 2,60 metros de alto con seis agujeros a los lados, por donde salían brazos que movían trapitos, limpiavidrios y agua con detergente. Como por contagio, se viralizaba una subjetivación instantánea que privilegiaba la figura del autor -para criticarla o reivindicarla- por sobre la obra. Sin embargo, la hipertrofia del yo fue cediendo tiempo y espacio -físico y virtual- a una reflexión sobre la totalidad de esa producción cuyo rasgo fundamental consistía en hacer del espectador el verdadero sujeto artístico de lo real ficcionado o, por lo menos, de sus restos.

“Creo que una obra funciona como receptor de sentido, refleja su entorno y se carga como un imán de todo lo que la rodea, así como también de su época y de las posibilidades de lectura e interpretación de su audiencia.”


REALIDAD-FICCIÓN

La producción artística que Bianchi ha realizado durante la última década se caracteriza por descubrir la realidad y hacerla aprehensible de manera que uno se sienta interpelado y se reconozca habitándola: “Me interesa el señalamiento de objetos y situaciones que con leves desplazamientos o alteraciones, estimulan los sentidos y provocan un quiebre de la lógica en la que nos situamos. Lograr que el procedimiento de observación que desencadena la función poética aporte más datos acerca de las cosas, que abra nuevas lecturas en las que muchas veces no es tan importante el objeto de arte en sí mismo, sino todo lo que se genera alrededor de él”. Quizás por eso la presencia de Stephen, el nigeriano, incomodó tanto. Los brazos con los trapitos y la chica cuyos cabellos pelirrojos recibían al visitante, representaban. Stephen hacía de él mismo. Su ser -vendedor ambulante, exiliado y negro- sólo cambió de escenario por un breve lapso de tiempo y su presencia fue advertida allí más que en cualquier otro espacio público que con él cohabitamos y en el que, generalmente, tendemos a ignorar todo estímulo que no represente una novedad. Ya no se trataba de experiencia sino de existencia. Esa realidad molestó: “Intento trasladar situaciones reales al espacio amplificado del arte donde pueden ser releídas y a veces incluso magnificadas por su extrañeza o por su rispidez. ¿Cuánta realidad puede soportar la ficción? ¿Es tan elástico el espacio artístico como para abarcar la realidad misma?”

SUJETO-OBJETO

En muestras anteriores como Imperialismo Minimalismo
(Sendrós, 2006), Reglas y Condiciones (Mite, 2012) y en obras como “Peep Show Table” (MUNTREF, 2013), el espectador también era incomodado: obligado a atravesar situaciones engorrosas como subir la rampa de acceso con una soga para entrar a una galería, gatear para acceder a otra o sacarse alguna prenda para continuar un recorrido. La diferencia es que, en esos casos, la molestia se sentía en el cuerpo propio, individualizándose. El efecto residual del contacto con una alteridad (des)conocida, rodeada por objetos subestimados cuya revalorización estética ponía en evidencia el límite intrínseco de su valor mercantil podía ser leído, posteriormente, en el resguardo de la intimidad y no filtrado por varios tipos de pantallas que, al tiempo que hacían pública la experiencia, anulaban su vivencia: “Espero mucho del espectador, le demando un esfuerzo mayor que el de ser sólo un observador pasivo. Amplificando situaciones de la vida cotidiana en la ciudades contemporáneas, le pido que accione físicamente, que ponga su cuerpo en alerta”.

ORDEN-CAOS

Procurando cierto orden ante lo que a primera vista parece caótico, Bianchi trabaja relacionando objetos que por lo general han perdido su valor de uso. Los rescata y los resinserta en el sistema: “Exploro procedencias, materialidades, modos de fabricación, calidades, tiempo de existencia, posibles usos posteriores. Me interesa todo lo que un objeto es más allá de su función primaria, la información que lo subyace. Intento proyectarlos en el tiempo generando sistemas en los que puedan revivir y redimensionarse por la relación con otros objetos, por sus posibilidades formales, por sus usos o por los rastros visibles de alguna actividad humana. Interrumpo sus procesos de decadencia, dirigiendo las miradas hacia ellos, dándoles una segunda chance”. Tuercas, zapatos, restos de comida y otros deshechos son los elementos de los que suele apropiarse. Los apila, pega, corta y ata meticulosamente: “El valor estético de una obra de arte es relativo, depende de muchas circunstancias.

Según Derrida, el carácter táctil tiene a diluir las fronteras entre subjetividad/objetividad – interior/ exterior. Las obras de Bianchi también permean subjetividades, sólo que, en la mayoría de los casos, invitan al (con)tacto con aquellos elementos y situaciones que de tan cotidianos nos han adormecido incluso la mirada pero es indispensable atravesarlo físicamente, sin mediaciones, para poder formarse una opinión propia; más o menos subjetiva, más o menos aprobatoria. La descontextualización vivenciada permite que volvamos a apreciar ya no sólo la potencia de esos elementos sino también nuestra coexistencia con y dentro de ellos. Quizás por eso en sus obras es habitual encontrarse con espejos que hacen ineludible la propia vida y develan el encuentro de uno en lo propio y en lo diverso.