En interrogatorios violentos que muchas veces rayan el abuso, Nicanor Aráoz obliga al material a dar todo de sí mismo para asistirlo en su búsqueda a través de los estados intermedios; zonas en las que dolor y sueño, violencia y reposo, vida y muerte se entrelazan de maneras misteriosas hasta volverse indiscernibles.
El artista aborda varias disciplinas entre las que se encuentran el dibujo y la fotografía, pero es mediante la instalación y la escultura cuando consigue definir un lenguaje que acompañe a sus inquietudes de maneras más concisas. En su universo, la sustancia siniestra de lo hogareño energiza a todo tipo de criaturas que podrían haberse fugado de una exhibición de rarezas y que ahora deambulan por las salas de las galerías en busca de amor y redención.

Durante un buen rato, lo más llamativo en la producción de Aráoz fue su capacidad para dotar de fibra muscular a las ocurrentemente crueles escenas de los dibujos animados. Su interés por el trabajo manual dedicado y complejo lo llevó a estudiar taxidermia y a incluir en sus obras animales que él mismo embalsamaba. La “tolerancia ilimitada al dolor” que cargan las pequeñas bestias disecadas como una maldición, permitió que el artista experimentara asumiendo el rol de director de accidentes y trampas en escenarios cuidadosamente construidos. Gatos, patos, ratones, pajaritos y conejos hacían justicia por mano propia contra sus depredadores o encontraban una segunda dulce muerte sepultados bajo kilos de galletitas.

A partir de Mocoso insolente (Daniel Abate Galería, 2010), Aráoz empieza a concentrarse en un programa netamente escultórico, haciendo a un lado la producción de episodios de contenido estrictamente narrativo. En esta muestra -que marcaría una especie de fin de la infancia-, la potencia adolescente de la metamorfosis y la mudanza violenta entre estados eran temáticas centrales. A pesar de la ferocidad de sus movimientos expansivos, las criaturas que habitaban la sala (un impresionante jinete zombie decapitado y una especie de masa ectoplásmica gigante que brillaba en la oscuridad) aparecían haciendo equilibrio o balanceándose sobre extremidades delgadísimas, lo que sugería que un empujón sería suficiente para forzar el cambio de curso y llevarlas de nuevo a su lugar de origen: pasarían de una recientemente recuperada vida, otra vez a la dispersión de la muerte.

Más recientemente, el caracter artificioso y barroco de sus esculturas se fue decantando hasta arribar al dominio de las formas básicas y al enigma detrás de ellas. Si antes el denso trabajo manual era el método por defecto que el artista elegía para sostener sus construcciones, ahora combina unos pocos elementos del orden más casero para conseguir efectos sumamente sugerentes que, en su sobria extrañeza, difícilmente encuentren análogos dentro de la producción artística contemporánea local. En estas nuevas figuras, el sistema de referencias se tuerce y todos aquellos ingredientes que remitían a imaginarios puntuales de la infancia y la adolescencia desaparecen. Figuras como Hannah Höch o Hans Bellmer acompañan a Aráoz en sus indagaciones sobre el material como herramienta para el salvataje de los sueños.

En vista de sus últimos trabajos, que incluyen un colchón de cuna abrigado con sweaters y un cubo de gomaespuma coronado por un lazo, el artista parece haberse lanzado a la caza del perfecto y eternamente defectuoso objeto surrealista: una unidad entrópica de materiales que pueda tanto encarnar a personajes imposibles como a artefactos de una utilidad erótica imprecisa.


Alejo Ponce de León