Martín Legón

Así pasa la gloria del mundo

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Diario Ámbito Financiero

Junio 2011

Por Ana Martínez Quijano


Legón expone su personal visión del sistema del arte




Las obras de la muestra de Martín Legón «Así pasa la gloria del mundo» son herméticas y para acceder a sus códigos hay que mirarlas como metáforas (algunas siniestras) sobre el mundillo del arte.  

Martín Legón expone «Así pasa la gloria del mundo» en la galería Alberto Sendrós. Se trata de una escenográfica instalación que, con unos pocos pero muy desconcertantes elementos depara al espectador una experiencia extraña. La obra genera un clima que abre un abismo entre el mundo real, el de la calle, y el de la sala de exhibición. Según observa el artista, el tema es la decadencia. Legón aclara que a través de esta serie de objetos trata de expresar su visión particular del sistema del arte. Por supuesto, para un artista joven y con una carrera ascendente como la de Legón, la visión del sistema del arte acaba por ser su visión del mundo, sencillamente porque éste es su lugar en el mundo. 

Las primeras cuestiones que enfrenta el espectador que ingresa en la sala son la artificialidad y, luego, los contrastes. La luz fría del neón ilumina algunos objetos y esparce una tonalidad azulada y artificial. Para comenzar hay un cuadro enorme, y el cromado reluciente de un gran marco espejado no concuerda con la obra que contiene en su interior: una colorida acuarela inglesa. El voluminoso marco plateado ostenta el estilo de los años 50, y poco o nada tiene que ver con pintura de un valle en el tiempo de floración, contraste que se extiende al marquito labrado, deteriorado y dorado que resguarda la acuarela. La obrita decimonónica parece navegar incómoda en ese armatoste de bruñido metal. 

En la sala hay una heladera también cromada, cuyo interior está totalmente ocupado por una barra de hielo. El motor de la heladera funcionando a toda marcha, impide que el hielo se derrita y a la vez inunda la galería con un ronronear incesante que acaba por aturdir al espectador. En otra heladera cubierta de polvo y con aspecto abandonado, hay tres platos y un sólo postre de crema. Pero, en rigor, el más misterioso de los objetos expuestos es un simple envase de plástico cortado al medio por el artista que, lo cargó con leche y allí sumergió el cadáver de una abeja reina, miembro de una especie que, como se sabe, lidera su propio sistema. 
Lejos, aunque en la misma sala, enfrentando a todas las obras y colocado sobre un viejo y desvencijado sillón de terciopelo oscuro que conoció días mejores, hay un retrato inmenso de una jovencita. Es una imagen publicitaria destinada a la venta de un breve pantaloncito color rosa. Tan infantil y bello es el rostro y el cuerpo de la chica, tan insinuante su pose e incalificable su mirada, que la imagen desborda un perverso erotismo. 
La obra de Legón es hermética, está encriptada, pero para acceder a sus códigos hay que mirar esos objetos como metáforas (algunas, siniestras) del mundillo del arte. La distancia que generan esos mensajes cifrados y ocultos se rompe de repente si el espectador se sitúa en ese ambiente decadente, acaso también un poco deshonesto, que rodea a un artista joven que se esfuerza para permanecer y ascender en este sistema. Más allá, sin embargo, de la ambición de tornar evidente una idea o un concepto, Legón aspira a transmitir una determinada impresión, algo que resulta imposible de traducir en palabras pero que aspira a tornarse visible, a cobrar vida como experiencia. 

A cambio de un texto crítico, el artista presenta el prólogo que escribió Marcelo Cohen para el libro de poemas «Ventanas altas» del británico Philip Larkin. En el texto, Cohen observa: «Mallarmé, Valery, también Lezama Lima y buena parte de las vanguardias nos acostumbraron a que el poeta no escribe tanto para expresar algo -tampoco para comunicarlo-, como para hacer manifiestas las fuerzas que habitan el lenguaje, de las cuales nace un sentido derivante en cada lectura del poema». 
Con este dato, el espectador puede intentar encontrar esas «fuerzas que habitan» el arte y dejarse embargar por las sensaciones -por cierto, nada agradables- que deparan. 
Al salir de la sala hay una obra a medio terminar que representa un extraño animal, bordada con lana y envuelta con un plástico transparente. 
Legón, un excelente pintor, integró la primera edición del Programa para Artistas coordinado por el conceptualista Jorge Macchi en la Universidad Torcuato Di Tella (2009), y participa este año de la Beca Kuitca. También integró el LIPAC coordinado por Alicia Herrero (2008) y las clínicas de Diana Aisenberg y Eva Grinstein en el Centro Cultural Rojas (2006).

Después de ver la muestra, el zumbido de la heladera y su patético esfuerzo por mantener esa barra de hielo en estado sólido, continúa resonando en los oídos como un discurso abrumador, vacío e interminable. La luz azulada e inhóspita tiende a volver a la memoria, se recuerda como la evidencia sensible de un mundo mucho menos glamoroso de lo que aparenta.